Oriente Medio 1/3
Un escenario parcialmente moldeado por Europa
Por Louis Perez y Cid
Una historia que preferimos olvidar
Cuando estalla un conflicto en Oriente Medio, Europa suele observarlo con una mezcla de desapego e incomprensión. Las imágenes desfilan: ciudades bombardeadas, columnas de refugiados, mapas de territorios en disputa. Luego, casi siempre, llega el mismo suspiro fatalista: estas guerras son supuestamente lejanas, antiguas, incomprensibles. Pertenecen a un mundo que no es el nuestro.
Desde esta visión conveniente, Oriente Medio aparece como una tierra de rivalidades inmemoriales, plagada de divisiones religiosas y tribales tan profundas que ninguna estabilidad duradera podría arraigar jamás. Europa, en esta narrativa, es simplemente un observador externo, a veces preocupado, a veces torpe, pero fundamentalmente ajeno a las causas profundas de los conflictos.
Sin embargo, la historia cuenta una historia diferente.
Las sociedades de Oriente Medio, obviamente, tienen sus propias tensiones, sus propias rivalidades políticas y religiosas. Pero el orden político que estructura la región hoy no surgió de forma natural. Es en gran medida producto de los acontecimientos ocurridos a principios del siglo XX, cuando las potencias europeas redibujaron el mapa del Cercano Oriente tras el colapso del Imperio Otomano.
En tan solo unos años, un mundo político centenario se desvaneció.
Se hicieron promesas a pueblos que anhelaban su independencia.
Otros compromisos se adquirieron en secreto en las cancillerías europeas.
Y en mapas trazados lejos del desierto y las ciudades del Levante, aparecieron nuevas fronteras.
Comprender el Oriente Medio contemporáneo, por lo tanto, no se trata de buscar culpables. Se trata simplemente de observar los hechos con objetividad. Europa no creó todas las crisis de la región, pero contribuyó en gran medida a sentar las bases para su desarrollo. El fin de un antiguo orden
Durante casi cuatro siglos, gran parte de Oriente Medio formó parte del Imperio Otomano.
Desde su capital, Estambul, el imperio gobernó una vasta y compleja mezcla de pueblos, lenguas y religiones. Árabes, turcos, kurdos, griegos, armenios y judíos convivían en un sistema imperial que, a pesar de sus tensiones y desigualdades, garantizaba cierto grado de continuidad política.
El sultán otomano ostentaba además el título de califa, es decir, el líder simbólico del mundo musulmán sunita. Esta autoridad religiosa otorgaba al imperio una legitimidad que se extendía mucho más allá de sus fronteras administrativas.
Sin embargo, a principios del siglo XX, este edificio ya se desmoronaba. El nacionalismo estaba en auge, las derrotas militares se acumulaban y la mayoría de las provincias europeas se habían independizado. La Primera Guerra Mundial asestó el golpe final. La Sublime Puerta, aliada de Alemania, fue derrotada en 1918.
El imperio se derrumbó.
En 1924, el nuevo líder de Turquía, Mustafa Kemal Atatürk, abolió oficialmente el califato. Este acto puso fin a una institución que, durante siglos, había encarnado una forma de unidad política y religiosa en el mundo sunita. En el mundo árabe, esta desaparición creó un vacío.
Un vacío político, pero también simbólico.
Fue en este vacío donde las potencias europeas intervendrían.
Las promesas de guerra
Durante la guerra, el Reino Unido buscó la manera de debilitar al Imperio Otomano desde dentro.
Londres alentó entonces una revuelta árabe liderada por el jerife de La Meca, Hussein ibn Ali, custodio de los lugares sagrados del Islam y figura respetada en la península.
Entre 1915 y 1916, se desarrolló una correspondencia entre Hussein y el Alto Comisionado británico en Egipto, Henry McMahon.
En estas cartas, los británicos sugerían que un vasto reino árabe podría surgir tras la guerra si los árabes se alzaban contra los otomanos.
Animados por estas promesas, las fuerzas árabes se rebelaron.
La revuelta fue liderada en particular por el hijo del jerife, Faisal I, y apoyada por varios oficiales británicos. Entre ellos se encontraba T. E. Lawrence, famoso como Lawrence de Arabia.
Para muchos líderes árabes, la guerra parecía anunciar el nacimiento de un nuevo mundo, uno de independencia largamente anhelada.
Pero mientras se hacían estas promesas, otras decisiones ya se tomaban en otros lugares.
La partición de Oriente Medio
En 1916, Francia y Gran Bretaña firmaron el Acuerdo Sykes-Picot. Este acuerdo secreto estipulaba la división de los territorios árabes del Imperio Otomano entre esferas de influencia europeas. Los negociadores fueron el diplomático británico Mark Sykes y su homólogo francés, François Georges-Picot.
El nuevo mapa resultante de estos acuerdos dividió los territorios del Levante entre las dos potencias.
• Zona francesa: Siria y Líbano
• Zona británica: Irak y Palestina
• Zona árabe autónoma: Arabia etc...
Tras la guerra, este sistema adoptó la forma de mandatos otorgados por la Sociedad de Naciones. Las fronteras a menudo se trazaban sin tener en cuenta las realidades locales, creando estados con frágiles equilibrios internos.
Una historia que preferimos olvidar
Cuando estalla un conflicto en Oriente Medio, Europa suele observarlo con una mezcla de desapego e incomprensión. Las imágenes desfilan: ciudades bombardeadas, columnas de refugiados, mapas de territorios en disputa. Luego, casi siempre, llega el mismo suspiro fatalista: estas guerras son supuestamente lejanas, antiguas, incomprensibles. Pertenecen a un mundo que no es el nuestro.
Desde esta visión conveniente, Oriente Medio aparece como una tierra de rivalidades inmemoriales, plagada de divisiones religiosas y tribales tan profundas que ninguna estabilidad duradera podría arraigar jamás. Europa, en esta narrativa, es simplemente un observador externo, a veces preocupado, a veces torpe, pero fundamentalmente ajeno a las causas profundas de los conflictos.
Sin embargo, la historia cuenta una historia diferente.
Las sociedades de Oriente Medio, obviamente, tienen sus propias tensiones, sus propias rivalidades políticas y religiosas. Pero el orden político que estructura la región hoy no surgió de forma natural. Es en gran medida producto de los acontecimientos ocurridos a principios del siglo XX, cuando las potencias europeas redibujaron el mapa del Cercano Oriente tras el colapso del Imperio Otomano.
En tan solo unos años, un mundo político centenario se desvaneció.
Se hicieron promesas a pueblos que anhelaban su independencia.
Otros compromisos se adquirieron en secreto en las cancillerías europeas.
Y en mapas trazados lejos del desierto y las ciudades del Levante, aparecieron nuevas fronteras.
Comprender el Oriente Medio contemporáneo, por lo tanto, no se trata de buscar culpables. Se trata simplemente de observar los hechos con objetividad. Europa no creó todas las crisis de la región, pero contribuyó en gran medida a sentar las bases para su desarrollo. El fin de un antiguo orden
Durante casi cuatro siglos, gran parte de Oriente Medio formó parte del Imperio Otomano.
Desde su capital, Estambul, el imperio gobernó una vasta y compleja mezcla de pueblos, lenguas y religiones. Árabes, turcos, kurdos, griegos, armenios y judíos convivían en un sistema imperial que, a pesar de sus tensiones y desigualdades, garantizaba cierto grado de continuidad política.
El sultán otomano ostentaba además el título de califa, es decir, el líder simbólico del mundo musulmán sunita. Esta autoridad religiosa otorgaba al imperio una legitimidad que se extendía mucho más allá de sus fronteras administrativas.
Sin embargo, a principios del siglo XX, este edificio ya se desmoronaba. El nacionalismo estaba en auge, las derrotas militares se acumulaban y la mayoría de las provincias europeas se habían independizado. La Primera Guerra Mundial asestó el golpe final. La Sublime Puerta, aliada de Alemania, fue derrotada en 1918.
El imperio se derrumbó.
En 1924, el nuevo líder de Turquía, Mustafa Kemal Atatürk, abolió oficialmente el califato. Este acto puso fin a una institución que, durante siglos, había encarnado una forma de unidad política y religiosa en el mundo sunita. En el mundo árabe, esta desaparición creó un vacío.
Un vacío político, pero también simbólico.
Fue en este vacío donde las potencias europeas intervendrían.
Las promesas de guerra
Durante la guerra, el Reino Unido buscó la manera de debilitar al Imperio Otomano desde dentro.
Londres alentó entonces una revuelta árabe liderada por el jerife de La Meca, Hussein ibn Ali, custodio de los lugares sagrados del Islam y figura respetada en la península.
Entre 1915 y 1916, se desarrolló una correspondencia entre Hussein y el Alto Comisionado británico en Egipto, Henry McMahon.
En estas cartas, los británicos sugerían que un vasto reino árabe podría surgir tras la guerra si los árabes se alzaban contra los otomanos.
Animados por estas promesas, las fuerzas árabes se rebelaron.
La revuelta fue liderada en particular por el hijo del jerife, Faisal I, y apoyada por varios oficiales británicos. Entre ellos se encontraba T. E. Lawrence, famoso como Lawrence de Arabia.
Para muchos líderes árabes, la guerra parecía anunciar el nacimiento de un nuevo mundo, uno de independencia largamente anhelada.
Pero mientras se hacían estas promesas, otras decisiones ya se tomaban en otros lugares.
La partición de Oriente Medio
En 1916, Francia y Gran Bretaña firmaron el Acuerdo Sykes-Picot. Este acuerdo secreto estipulaba la división de los territorios árabes del Imperio Otomano entre esferas de influencia europeas. Los negociadores fueron el diplomático británico Mark Sykes y su homólogo francés, François Georges-Picot.
El nuevo mapa resultante de estos acuerdos dividió los territorios del Levante entre las dos potencias.
• Zona francesa: Siria y Líbano
• Zona británica: Irak y Palestina
• Zona árabe autónoma: Arabia etc...
Tras la guerra, este sistema adoptó la forma de mandatos otorgados por la Sociedad de Naciones. Las fronteras a menudo se trazaban sin tener en cuenta las realidades locales, creando estados con frágiles equilibrios internos.
En 1917, el gobierno británico publicó la Declaración Balfour, que apoyaba el establecimiento en Palestina de un hogar nacional para el pueblo judío.
Tras la Segunda Guerra Mundial y el horror del Holocausto, se intensificó la presión internacional para la creación de un estado judío. En 1947, las Naciones Unidas propusieron un plan de partición para Palestina. El 14 de mayo de 1948 se proclamó el Estado de Israel.
Inmediatamente estalló la guerra con los países árabes vecinos. Para los israelíes, fue el nacimiento de un estado; para los palestinos, la Nakba, un éxodo y una pérdida territorial irreparable.
La advertencia de De Gaulle
Tras la Guerra de los Seis Días, esta declaración del general De Gaulle en una rueda de prensa en noviembre de 1967 demuestra su lúcida, incluso premonitoria, comprensión de las consecuencias políticas de la situación y de cómo Israel podría ser percibido en el futuro:
«Ciertamente, a pesar de su inferioridad numérica, dado que están mucho mejor organizados y armados que los árabes, no me cabe duda de que lograrán éxitos militares; pero entonces se verían envueltos, tanto sobre el terreno como a nivel internacional, en crecientes dificultades... hasta tal punto que, una vez convertidos en conquistadores, se les culparía gradualmente de los reveses.
Ahora bien, Israel está organizando una ocupación en los territorios que ha tomado, una ocupación que inevitablemente implica opresión, represión y expulsiones, y está surgiendo resistencia contra ella, a la que Israel, a su vez, califica de terrorismo». “Apertura al siglo XXI: Ecos del pasado
Un siglo después, las fronteras de Irak, Siria y Líbano siguen siendo las impuestas por los mandatos europeos. Las divisiones internas reflejan, en parte, estas decisiones arbitrarias.
En Irak, la fragilidad del Estado posterior a Saddam Hussein y el auge de los movimientos yihadistas recuerdan que el equilibrio político sigue siendo precario.
En Siria, la guerra civil y el colapso de las instituciones ilustran cómo un territorio artificial, construido mediante diplomacia a distancia, puede convertirse en un campo de batalla de conflictos prolongados.
Incluso Líbano, considerado durante mucho tiempo un ejemplo de coexistencia, se ve asediado por tensiones arraigadas en acuerdos fronterizos heredados del período del mandato.
Observar estos conflictos con objetividad es comprender que el pasado está siempre presente, que las fronteras trazadas con pluma siguen moldeando los destinos de individuos y naciones, y que las crisis contemporáneas nunca están completamente desvinculadas de la historia que las precedió.
Hoy, Estados Unidos e Israel atacan Irán.
La historia continúa escribiéndose en medio del choque de armas. En 1961, al dejar la Casa Blanca, Dwight D. Eisenhower advirtió a su país sobre la creciente influencia del "complejo militar-industrial". Temía que algún día las fuerzas armadas, convertidas en pilar económico, dictaran las decisiones estratégicas. Cuando la fuerza militar se convierte en el eje central, la tentación de usarla antes de agotar la diplomacia es enorme. "Paz mediante la fuerza": ¿acaso no es ese el lema de esta administración estadounidense?
Desde principios del siglo XXI, especialmente tras la guerra de Irak de 2003, muchos han observado que esta lógica se ha impuesto; la respuesta militar suele parecer la más rápida, la más sencilla, a veces la más natural.
Frente a ellos se encuentra Irán, heredero de la antigua Persia.
Tres milenios de historia han forjado una cultura política paciente y estratégica entre los persas. Se les atribuye la invención del ajedrez: un arte donde cada movimiento prepara el siguiente, donde la victoria suele pertenecer a quien sabe esperar.
Estados Unidos, en cambio, apenas tiene dos siglos y medio de existencia. Su poder económico y militar es inmenso, pero su diplomacia a veces se asemeja a una partida de damas: ataca con rapidez y contundencia todo lo que se le presenta.
Mientras tanto, China observa y avanza sus piezas según otra lógica: la del Go, un juego donde la victoria se logra menos mediante la confrontación directa que mediante el cerco paciente.
Así es el mundo:
algunos juegan a las damas,
otros al ajedrez,
y otros al Go.
Pero en este vasto juego que llamamos historia, la pregunta crucial siempre es la misma:
¿quién, en última instancia, ve el tablero completo y quién solo ve el siguiente movimiento?
Fin
Tras la Segunda Guerra Mundial y el horror del Holocausto, se intensificó la presión internacional para la creación de un estado judío. En 1947, las Naciones Unidas propusieron un plan de partición para Palestina. El 14 de mayo de 1948 se proclamó el Estado de Israel.
Inmediatamente estalló la guerra con los países árabes vecinos. Para los israelíes, fue el nacimiento de un estado; para los palestinos, la Nakba, un éxodo y una pérdida territorial irreparable.
La advertencia de De Gaulle
Tras la Guerra de los Seis Días, esta declaración del general De Gaulle en una rueda de prensa en noviembre de 1967 demuestra su lúcida, incluso premonitoria, comprensión de las consecuencias políticas de la situación y de cómo Israel podría ser percibido en el futuro:
«Ciertamente, a pesar de su inferioridad numérica, dado que están mucho mejor organizados y armados que los árabes, no me cabe duda de que lograrán éxitos militares; pero entonces se verían envueltos, tanto sobre el terreno como a nivel internacional, en crecientes dificultades... hasta tal punto que, una vez convertidos en conquistadores, se les culparía gradualmente de los reveses.
Ahora bien, Israel está organizando una ocupación en los territorios que ha tomado, una ocupación que inevitablemente implica opresión, represión y expulsiones, y está surgiendo resistencia contra ella, a la que Israel, a su vez, califica de terrorismo». “Apertura al siglo XXI: Ecos del pasado
Un siglo después, las fronteras de Irak, Siria y Líbano siguen siendo las impuestas por los mandatos europeos. Las divisiones internas reflejan, en parte, estas decisiones arbitrarias.
En Irak, la fragilidad del Estado posterior a Saddam Hussein y el auge de los movimientos yihadistas recuerdan que el equilibrio político sigue siendo precario.
En Siria, la guerra civil y el colapso de las instituciones ilustran cómo un territorio artificial, construido mediante diplomacia a distancia, puede convertirse en un campo de batalla de conflictos prolongados.
Incluso Líbano, considerado durante mucho tiempo un ejemplo de coexistencia, se ve asediado por tensiones arraigadas en acuerdos fronterizos heredados del período del mandato.
Observar estos conflictos con objetividad es comprender que el pasado está siempre presente, que las fronteras trazadas con pluma siguen moldeando los destinos de individuos y naciones, y que las crisis contemporáneas nunca están completamente desvinculadas de la historia que las precedió.
Hoy, Estados Unidos e Israel atacan Irán.
La historia continúa escribiéndose en medio del choque de armas. En 1961, al dejar la Casa Blanca, Dwight D. Eisenhower advirtió a su país sobre la creciente influencia del "complejo militar-industrial". Temía que algún día las fuerzas armadas, convertidas en pilar económico, dictaran las decisiones estratégicas. Cuando la fuerza militar se convierte en el eje central, la tentación de usarla antes de agotar la diplomacia es enorme. "Paz mediante la fuerza": ¿acaso no es ese el lema de esta administración estadounidense?
Desde principios del siglo XXI, especialmente tras la guerra de Irak de 2003, muchos han observado que esta lógica se ha impuesto; la respuesta militar suele parecer la más rápida, la más sencilla, a veces la más natural.
Frente a ellos se encuentra Irán, heredero de la antigua Persia.
Tres milenios de historia han forjado una cultura política paciente y estratégica entre los persas. Se les atribuye la invención del ajedrez: un arte donde cada movimiento prepara el siguiente, donde la victoria suele pertenecer a quien sabe esperar.
Estados Unidos, en cambio, apenas tiene dos siglos y medio de existencia. Su poder económico y militar es inmenso, pero su diplomacia a veces se asemeja a una partida de damas: ataca con rapidez y contundencia todo lo que se le presenta.
Mientras tanto, China observa y avanza sus piezas según otra lógica: la del Go, un juego donde la victoria se logra menos mediante la confrontación directa que mediante el cerco paciente.
Así es el mundo:
algunos juegan a las damas,
otros al ajedrez,
y otros al Go.
Pero en este vasto juego que llamamos historia, la pregunta crucial siempre es la misma:
¿quién, en última instancia, ve el tablero completo y quién solo ve el siguiente movimiento?
Fin